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domingo, 21 de diciembre de 2008
Huelgas estudiantiles
Todas las mañanas veía huelgas de estudiantes. Subían por el Boulevard Victor Hugo y se concentraban en la Place d'Aine. Le pregunté a Jacques Arthur de qué nivel eran y qué pedían. Él me respondió que eran universitarios descontentos con el rector. El viernes pude leer la palabra lycéens en una pancarta, con lo que quedó claro que eran del secundaria. Jacques Arthur me explicó que ya se había informado y protestaban contra ciertas reformas recientes del gobierno, pero en general porque el gobierno es de derechas y los estudiantes de izquierdas.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Todavía queda seguir sufriendo a los gabachos
Aunque tenía el tren a las 10:21, para poder absorber cualquier contratiempo, me puse el despertador como los demás días. Al final tampoco me sobró mucho, pero quería disponer de tiempo de sobra para que me hiciera una factura con todos los requisitos administrativos para poderla reembolsar.
Según Google Maps, hasta la estación de los Benedictinos se tarda un cuarto de hora. El último tramo es subida. Las vías pasan al nivel normal, pero la estación está elevado sobre las vías y rodeada por parques que disimulan la ascensión. Como se puede ver aquí, consta de una cúpula redonda que cubre un vestíbulo distribuidor que permite bajar a los andenes. En una esquina se alza una torre que es de las que sirven de referencia como final de varias avenidas de la ciudad.
Validé el billete y me metí al tren. Como los trenes regionales franceses no tienen dos vagones iguales, me metí en el que mejor me pareció. Como llegué pronto, pillé el único asiento con enchufe y saqué el portátil. Como tenía la batería cargada, se lo cedí a una chica. Pasó la revisora y no me sabía explicar, pero entendí que estaba en primera.
Me tuve que levantar para cambiarme de vagón, pero no sin antes tener que esperar a que saliera ella, que estaba muy gorda y lo ocupaba todo. Al salir pude ver un cuadradito de 5cm de lado donde decía que era primera. No encontré diferencia con segunda, salvo ese único enchufe para todo el vagón. Estos gabachos son tan clasistas que son capaces de pagar más no para viajar con mayor comodidad, sino para no viajar con la plebe.
Aunque no había conexión, el viaje me lo pasé leyendo las entradas largas (previamente descargadas) de los blogs. La batería se me acabó antes de llegar a Burdeos, fin de trayecto. En la estación de Thiviers, donde estuvimos parados un rato, nos encontramos una charanga tocando Bella Ciao. Al llegar a Burdeos cerca de la 1, ya tenía hambre, así que fui directo a comprar un bocadillo y le di unos bocados antes de que viniera el otro tren a la 1:15.
Según Google Maps, hasta la estación de los Benedictinos se tarda un cuarto de hora. El último tramo es subida. Las vías pasan al nivel normal, pero la estación está elevado sobre las vías y rodeada por parques que disimulan la ascensión. Como se puede ver aquí, consta de una cúpula redonda que cubre un vestíbulo distribuidor que permite bajar a los andenes. En una esquina se alza una torre que es de las que sirven de referencia como final de varias avenidas de la ciudad.
Validé el billete y me metí al tren. Como los trenes regionales franceses no tienen dos vagones iguales, me metí en el que mejor me pareció. Como llegué pronto, pillé el único asiento con enchufe y saqué el portátil. Como tenía la batería cargada, se lo cedí a una chica. Pasó la revisora y no me sabía explicar, pero entendí que estaba en primera.
Me tuve que levantar para cambiarme de vagón, pero no sin antes tener que esperar a que saliera ella, que estaba muy gorda y lo ocupaba todo. Al salir pude ver un cuadradito de 5cm de lado donde decía que era primera. No encontré diferencia con segunda, salvo ese único enchufe para todo el vagón. Estos gabachos son tan clasistas que son capaces de pagar más no para viajar con mayor comodidad, sino para no viajar con la plebe.
Aunque no había conexión, el viaje me lo pasé leyendo las entradas largas (previamente descargadas) de los blogs. La batería se me acabó antes de llegar a Burdeos, fin de trayecto. En la estación de Thiviers, donde estuvimos parados un rato, nos encontramos una charanga tocando Bella Ciao. Al llegar a Burdeos cerca de la 1, ya tenía hambre, así que fui directo a comprar un bocadillo y le di unos bocados antes de que viniera el otro tren a la 1:15.
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viernes, 19 de diciembre de 2008
Incidente inoportuno
Era aún más tarde, y yo tenía hambre. Me había salido mejor haber bajado a cenar y vuelto a la facultad. Tuve que cenar en el otro kebab kurdo, para no repetir, pero no fue tan fácil.
Cuando llegué a la habitación, al encender la luz, se fundió. No sólo se fundió una bombilla, sino que se saltaron los plomos. Después de explicarme a las de recepción, como no sabían dónde estaba el interruptor, me propusieron cambiarme de habitación a la de enfrente. Lo hice rápidamente, porque no tenía muy desecho el equipaje. Pude localizar todos los bultos, incluso a oscuras los del baño, de manera que, cuando me llevaron una vela, pude ver que no me quedaba nada por recoger.
Entre las explicaciones que di, la mudanza, y las explicaciones que me dieron ellas, casi salgo a cenar a media noche. Resulta que me tenían que dar un código para entrar después de la medianoche. Además, estaban cambian el suelo de la sala del desayuno, por lo que la mañana siguiente debíamos pedir el desayuno en servicio de habitaciones.
Cuando volví con mi kebab para podérmelo comer tranquilamente leyendo los plurkeos de Rodericus, resulta que la puerta estaba cerrada. No era medianoche, por lo que me sorprendió, pero me puse a hacer malabarismos para sacar el código. Menos mal que salieron a abrir las de recepción.
¡Al fin pude descansar!
Cuando llegué a la habitación, al encender la luz, se fundió. No sólo se fundió una bombilla, sino que se saltaron los plomos. Después de explicarme a las de recepción, como no sabían dónde estaba el interruptor, me propusieron cambiarme de habitación a la de enfrente. Lo hice rápidamente, porque no tenía muy desecho el equipaje. Pude localizar todos los bultos, incluso a oscuras los del baño, de manera que, cuando me llevaron una vela, pude ver que no me quedaba nada por recoger.
Entre las explicaciones que di, la mudanza, y las explicaciones que me dieron ellas, casi salgo a cenar a media noche. Resulta que me tenían que dar un código para entrar después de la medianoche. Además, estaban cambian el suelo de la sala del desayuno, por lo que la mañana siguiente debíamos pedir el desayuno en servicio de habitaciones.
Cuando volví con mi kebab para podérmelo comer tranquilamente leyendo los plurkeos de Rodericus, resulta que la puerta estaba cerrada. No era medianoche, por lo que me sorprendió, pero me puse a hacer malabarismos para sacar el código. Menos mal que salieron a abrir las de recepción.
¡Al fin pude descansar!
La despedida
¡Vaya última tarde que tuve en Limoges! Me dio tiempo a hacerme ideas y a deshacerme de ellas. Jacques Arthur tuvo que hacer todo lo que tuvo que dejar de lado a causa de sus alumnos. A los españoles nos dejó para los últimos. Cuando acabó con Ahinoa, cuya abuela es de Aldea del Pinar, ésta se marchó derecha a cenar, hacer la maleta y tomar el trenhotel Paris-Barcelona. No le faltaba tiempo, pero tampoco le sobraba. Mientras recogía me comentó las condiciones de su beca, que está dotada por el gobierno regional. Cobra el salario mínimo, pero cobra más que nosotros, y cobra la docencia aparte.
Todavía tuve que esperar a que Jacques Arthur comparara el billete a París de todos los lunes. Como la página de la SNFC es una mierda, siendo Jacques Arthur informático antes que matemático, prefierió la venta telefónica. Después me atendió a mí, y me dio sólo un cuarto de hora. Cuando se cumplió, le llamó un italiano al que tenía que ir a recoger a la estación. Me dejó más lejos del hotel que de costumbre y nos fuimos cada uno por su lado.
Todavía tuve que esperar a que Jacques Arthur comparara el billete a París de todos los lunes. Como la página de la SNFC es una mierda, siendo Jacques Arthur informático antes que matemático, prefierió la venta telefónica. Después me atendió a mí, y me dio sólo un cuarto de hora. Cuando se cumplió, le llamó un italiano al que tenía que ir a recoger a la estación. Me dejó más lejos del hotel que de costumbre y nos fuimos cada uno por su lado.
El seminario lemovicense
Los viernes hay seminario a última hora de la mañana en Matemáticas. Allí se junta todo el mundo y después van a comer. Como a comer no van juntos, y nadie me invitó a comer con él, tomé un autobús y bajé a la ciudad. Tuve una suerte terrible, porque estaba justo en la parada. Bajé y comí en un restaurante pequeñito donde, casualmente, la dependienta hablaba español. No supo traducirme el postre, que era un pastel típico de navidad. Creo que en España no lo hay, que dulces navideños no nos faltan. Parece ser que es de tradición nórdica, por lo que me resultó sorprendente encontrarlo tan al sur. A la vuelta tuve tanta suerte con el autobús como para la venida.
jueves, 18 de diciembre de 2008
Horarios franceses
Yo esperaba que en Francia los horarios fueran muy tempranos, pero con Jacques Arthur me encontré lo contrario. Visto lo que me ocurrió los días anteriores, y sabiendo que la mañana del jueves tenía examen, decidí no ir a la facultad. Visto lo tarde que volvía al hotel y lo pronto que se desayuna allí, decidí dejar la ducha para después del desayuno. A poco que me entretuve, se me hizo la hora (francesa) de comer. Volví a esa plaza a la luz del día, y encontré muchas ofertas de menú del día.
Después de comer, y sólo entonces, marché a la facultad. Ese día Sergei Abramov iba a dar un convite despedida. Había bastante comida y bebida como para, por muy tarde que acabara con Jacques Arthur, no se me quejaran las tripas. Ofreció tres tipos de vinos: uno rojo de Borgoña, uno blanco de Burdeos y uno de Champaña. El blanco estaba muy bueno. Barkatou dijo unas palabras en inglés, cosa rara en él, y dijo que ya Abramov estaba bien integrado en la cultura francesa, porque los dos convites anteriores los dio con vodka.
Después del convite, alguien que no quiso dar la cara lavó los vasos en el baño de señoras. EL viernes me interrogarían por si fui yo, pero hubo un malentendido. Cuando dijeron glasses con unas gafas en la mano entendí gafas en lugar de vasos.
Me dio tiempo a revisar un montón de cosas antes de hablar con Jacques Arthur. Charlamos a unas horas intempestivas, pero fue la charla más esclarecedora de todas. Al final me tuvo que llevar al hotel. A esas horas ya habían cerrado hasta los chinos, sólo estaban abiertos los kebab kurdos. Como ya se me había bajado totalmente la merienda de Abramov y tenía ganas de cenar algo, me pillé un kebab en uno de los dos que hay en esa plaza. A la vuelta em encontré con un montón de estudiantes que salían de fiesta.
Después de comer, y sólo entonces, marché a la facultad. Ese día Sergei Abramov iba a dar un convite despedida. Había bastante comida y bebida como para, por muy tarde que acabara con Jacques Arthur, no se me quejaran las tripas. Ofreció tres tipos de vinos: uno rojo de Borgoña, uno blanco de Burdeos y uno de Champaña. El blanco estaba muy bueno. Barkatou dijo unas palabras en inglés, cosa rara en él, y dijo que ya Abramov estaba bien integrado en la cultura francesa, porque los dos convites anteriores los dio con vodka.
Después del convite, alguien que no quiso dar la cara lavó los vasos en el baño de señoras. EL viernes me interrogarían por si fui yo, pero hubo un malentendido. Cuando dijeron glasses con unas gafas en la mano entendí gafas en lugar de vasos.
Me dio tiempo a revisar un montón de cosas antes de hablar con Jacques Arthur. Charlamos a unas horas intempestivas, pero fue la charla más esclarecedora de todas. Al final me tuvo que llevar al hotel. A esas horas ya habían cerrado hasta los chinos, sólo estaban abiertos los kebab kurdos. Como ya se me había bajado totalmente la merienda de Abramov y tenía ganas de cenar algo, me pillé un kebab en uno de los dos que hay en esa plaza. A la vuelta em encontré con un montón de estudiantes que salían de fiesta.
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Los alumnos de Jacques Arthur
Durante todo el martes estuvieron viniendo alumnos de Jacques Arthur porque exponían el miércoles y se examinaban el jueves. El miércoles, de hecho, Jacques Arthur no apareció hasta una hora tan tardía que yo ya me estaba marchando para poder tomar le último autobús y cenar en un sitio razonable.
Después de esperar un buen rato al autobús, desistí y bajé andando. Había una niebla espesa y mucho frío. Al final, cuando llegué, ya era tarde, pero no demasiado. Decidí explorar un poco los alrededores en otra dirección. Encontré una plaza llena de restaurantes tanto ella como las bocacalles. El problema es que a esas horas ya estaban cerrando, salvo los chinos. Así pues, cené otra vez en un chino, y pude comprobar cómo me pude comunicar exitosamente en francés con una china.
Probé si, por casualidad, funcionaba mi difunto teléfono y —¡aleluya!— funcionó. Parece ser que se secó y ya funciona.
Después de esperar un buen rato al autobús, desistí y bajé andando. Había una niebla espesa y mucho frío. Al final, cuando llegué, ya era tarde, pero no demasiado. Decidí explorar un poco los alrededores en otra dirección. Encontré una plaza llena de restaurantes tanto ella como las bocacalles. El problema es que a esas horas ya estaban cerrando, salvo los chinos. Así pues, cené otra vez en un chino, y pude comprobar cómo me pude comunicar exitosamente en francés con una china.
Probé si, por casualidad, funcionaba mi difunto teléfono y —¡aleluya!— funcionó. Parece ser que se secó y ya funciona.
Convite de Primitivo
El miércoles había quedado con Primitivo, que me invitaba a comer en su casa para que conociera a su mujer y a sus hijos. Fui a la facultad casi exclusivamente para quedar con él, pero salimos muy tarde. A esa hora, como todo el mundo está comiendo, es la hora más tranquila para trabajar. Como no fuimos directos a su casa, sino que pasamos antes por la gasolinera y por el Champion, ya tenía bastante hambre cuando llegué. Como ya me acostumbré en verano a la comida sudamericana, no me sorprendió la paletada de arroz inmensa que cubría el plato. De primero puso alubias pintas, con lo que me esperaba otro día de gases. Según su consejo, eché el arroz a las alubias, que esto queda bien. Esta es la costumbre brasileña, a diferencia de la costumbre española de echar arroz mientras se cuece, una manera perfecta de echar a perder tanto las alubias como el arroz.
Sirvió desde el principio los dos platos: las alubias y el filete ruso con una paletada de arroz. Aquí sin embargo, si comen las alubias con cuchara. Cuando estaba acabándome las alubias me preguntaron mosqueados que si era vegetariano, porque no había probado el filete. No les entraba en la cabeza eso de dos platos. Los gabachos son muy jerárquicos en esto, como en todo, y hay un solo plato principal, siendo lo demás entrantes o postres. Así pues, acabé las alubias con su arroz y pasé al filete acompañándolo, en el hueco que dejó la paletada de arroz, con ensalada.
Su mujer me resultó muy maja, y su crió el pequeño tan hiperactivo que hacía a su hermana pasar desapercibida. Si se me hace raro que estos jóvenes como Joris o Jacques Arthur estén casados, más que lo esté un estudiante de doctorado. Bueno, en términos sudamericanos no es tan raro, como Carlos el paraguayo en el IMPA.
Sirvió desde el principio los dos platos: las alubias y el filete ruso con una paletada de arroz. Aquí sin embargo, si comen las alubias con cuchara. Cuando estaba acabándome las alubias me preguntaron mosqueados que si era vegetariano, porque no había probado el filete. No les entraba en la cabeza eso de dos platos. Los gabachos son muy jerárquicos en esto, como en todo, y hay un solo plato principal, siendo lo demás entrantes o postres. Así pues, acabé las alubias con su arroz y pasé al filete acompañándolo, en el hueco que dejó la paletada de arroz, con ensalada.
Su mujer me resultó muy maja, y su crió el pequeño tan hiperactivo que hacía a su hermana pasar desapercibida. Si se me hace raro que estos jóvenes como Joris o Jacques Arthur estén casados, más que lo esté un estudiante de doctorado. Bueno, en términos sudamericanos no es tan raro, como Carlos el paraguayo en el IMPA.
martes, 16 de diciembre de 2008
Martes en la Facultad
Cuenta Cide Hamete Berengeli, autor de esta verdadera historia, que el martes Alberto y Jacques Arthur iban a trabajar a última hora de la mañana, que para los franceses es de 11 a 12, o bien después de las 6:30. Se presentó, como buen español, pasadas las 11, pero con un restraso imputable a las STCL, ya que tuvo que esperar más del doble de la frecuencia de paso del autobús. Tampoco le habría servido de nada llegar antes, pues no por mucho madrugarv amanece más temprano. Como Jacques Arthur no había llegado antes del mediodía, fue a comer solo. A esa hora había una masificación terrible, pero desprecible en comparación con la cola que se formó a sus espaldas. Varios metros más atrás de esta cola estaba Primitivo, con el que compartió mesa. Como todo estaba tan lleno como escasamente señalizado, se metió en el comedor de profesores. En el IMPA son muy clasistas, ¡pero allí comen todos juntos: maestría, doctorado, investigadores, visitantes y gente de los congresos, sean de congresos del IMPA o de jardines botánicos!
La comida que eligieron fue fabada, con su compango, pero no había cucharas para comerla. ¡Al menos los brasileños la espesan con arroz o farofa! Así pues, tomaron dos cucharillas de postre: para la fabada y para el postre. Como Jacques Arthur estaba saturado de ocupaciones, no atendió a Primitivo a las 4 ni a Alberto a la 6:30. Al final, le atendió a las 8, saliendo cerca de las 10. Como ya se había pasado el último autobús, Jacques Arthur tuvo la gentileza de acercar a Alberto hasta su hotel. Sabiendo o tarde que era, para la vida francesa, y que no tenbía excesiva hambre, fue a una tienda de bocadillos que vio en la calle de la noche anterior y se lo llevó para come en la habitación.
Aunque había llevado el ordenador a la facultad y Jacques Arthur le había dicho que se podía conectar por DHCP en una clavija que él tenía para tales menesteres, no lo consiguió ni bajo Windows XP ni bajo Ubuntu Hardy. Lo que sí que consiguió fue hacerse té en la sala de café de Matemáticas. Allí le café cuesta 35c. pero el té es gratis. Jacques Arthur lleva su propia taza, pero también los vasos del agua aguantan hervir en el microondas.
La comida que eligieron fue fabada, con su compango, pero no había cucharas para comerla. ¡Al menos los brasileños la espesan con arroz o farofa! Así pues, tomaron dos cucharillas de postre: para la fabada y para el postre. Como Jacques Arthur estaba saturado de ocupaciones, no atendió a Primitivo a las 4 ni a Alberto a la 6:30. Al final, le atendió a las 8, saliendo cerca de las 10. Como ya se había pasado el último autobús, Jacques Arthur tuvo la gentileza de acercar a Alberto hasta su hotel. Sabiendo o tarde que era, para la vida francesa, y que no tenbía excesiva hambre, fue a una tienda de bocadillos que vio en la calle de la noche anterior y se lo llevó para come en la habitación.
Aunque había llevado el ordenador a la facultad y Jacques Arthur le había dicho que se podía conectar por DHCP en una clavija que él tenía para tales menesteres, no lo consiguió ni bajo Windows XP ni bajo Ubuntu Hardy. Lo que sí que consiguió fue hacerse té en la sala de café de Matemáticas. Allí le café cuesta 35c. pero el té es gratis. Jacques Arthur lleva su propia taza, pero también los vasos del agua aguantan hervir en el microondas.
lunes, 15 de diciembre de 2008
Más desgracias y consuelos
¿Por qué se me pasaría por la cabeza seguir la línea hasta la estación de los Benedictinos si la línea 8 no pasa por allí? Bueno, una variante pasa cerca, pero la variante que tomé yo no. Así pues, me tuve que bajar en la última parada sin saber dónde estaba, pues estaba fuera de mi plano, sin nadie a quién preguntar, pues a esas horas Francia está muerta, ni autobuses en sentido contrario, pues ya había salido el último. Un poco intuitivamente, y con la información del plano esquemático de las líneas de autobuses, seguí por una calle que parecía llegar a zona más urbana. Llegué a enfilar una avenida que tenía bien iluminada al fondo la torres gótica de la iglesia, lo que me confirmaba que iba bien y sin rodeos. Parecía que subía, pero lo hacíamos para pasar las vías del tren.
Cuando llegué a las ciudad vieja, me puse a buscar un restaurante donde cenar. Sólo encontré una calle donde los hubiera, y pocos abiertos. Entré en un chino, donde suponía que tendría menos problemas de idioma, y así fue. Era una chino de bufet libre, con lo que no necesité comunicarme para poder comer lo que quise. Es lo que me gustaba de los restarantes a quilo brasileños, que son WYSIWYG, como diría van der Hoeven.
A la vuelta a la habitación, puede comprobar cómo el teléfono se había mojado más de los que yo creía. Requiescat in pace, sit Nokiae terra levis. Para utilizar como despertador, conseguí configurar una alarma de una agenda del ordenador, subiendo mucho el volumen y dejándolo cerca de la cama.
Cuando llegué a las ciudad vieja, me puse a buscar un restaurante donde cenar. Sólo encontré una calle donde los hubiera, y pocos abiertos. Entré en un chino, donde suponía que tendría menos problemas de idioma, y así fue. Era una chino de bufet libre, con lo que no necesité comunicarme para poder comer lo que quise. Es lo que me gustaba de los restarantes a quilo brasileños, que son WYSIWYG, como diría van der Hoeven.
A la vuelta a la habitación, puede comprobar cómo el teléfono se había mojado más de los que yo creía. Requiescat in pace, sit Nokiae terra levis. Para utilizar como despertador, conseguí configurar una alarma de una agenda del ordenador, subiendo mucho el volumen y dejándolo cerca de la cama.
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Desgracias y consuelos
Después de comer me bajé a la ciudad para conocerla un poco y, de paso, hacerme con un plano en la Oficina de Turismo y un abono de transportes en las oficinas de la STCL. Con ayuda de Google Maps, me tracé un itinerario redodondo para pasar primero por las oficinas de bus y después por Turismo. No encontré las oficinas de la STCL, así que continué y llegué a la de Turismo. Allí me atendieron en castellano y, no sólo me dieron un mapa igual al que olvidé en la resi, sino que también me vendieron el bono10/7 de transportes. Esto se llama matar dos pájaros de un tiro.
A la vuelta me aventuré a adentrarme un poco por el centro, confiado con mi mapa pero, no queriendo subir hasta la plaza Churchill, estrené mi bonobús en el Carrefour Tourny (que no es un supermercado, sino una rotonda) por donde pasa también la línea 8 en dirección al campus.
Poco después de bajar del autobús comprobé que la botella de agua que llevaba en la bolsa se había abierto y me estaba mojando todo. ¡Vaya día! Aparté todo del agua y lo puse a secar extendido en diferentes sitios en el puesto de la Biblioteca donde me senté. A las 4 fui a ver a Jacques Arthur y, sí, estaba. Estuve hablando con él tanto que se me quitaron todas la penas.
Salí poco después de las 8 para pillar el último bus. Parecía que, finalmente, Francia me sonreía.
A la vuelta me aventuré a adentrarme un poco por el centro, confiado con mi mapa pero, no queriendo subir hasta la plaza Churchill, estrené mi bonobús en el Carrefour Tourny (que no es un supermercado, sino una rotonda) por donde pasa también la línea 8 en dirección al campus.
Poco después de bajar del autobús comprobé que la botella de agua que llevaba en la bolsa se había abierto y me estaba mojando todo. ¡Vaya día! Aparté todo del agua y lo puse a secar extendido en diferentes sitios en el puesto de la Biblioteca donde me senté. A las 4 fui a ver a Jacques Arthur y, sí, estaba. Estuve hablando con él tanto que se me quitaron todas la penas.
Salí poco después de las 8 para pillar el último bus. Parecía que, finalmente, Francia me sonreía.
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Primera mañana en Limoges
Como esparaba que Jacques Arthur me atendiera bien pronto por la mañana, como es costumbre entre los gabachos, me puse el despertador a las 8 para desyunar, tomar el autobús y presentarme allí relativamente pronto, según los estándares franceses. En el desayuno te sirven una jarrita de café y otra de leche, que dan de sí para servirse varias tazas de desayuno. Subí a la Plaza Winston Churchill, que está a escasos metros del hotel, y esperé mi autobús, el 8. Como todas las líneas de autobús y trolebús de Limoges pasan por esa plaza, es una aututéntica estación de autobuses, con distintos andenes en une parte vedada a los coches. Me monté en el autobús pero me conseguí enterare de que no podía comprar el abono de 10 viajes a gastar en 7 días (el que me salía más a cuenta) sino sólo el sencillo. Así pues, pagué el sencillo y me bajé en la Facutad de Ciencias.
La Facutad de Ciencias de Limoges no es un edificio, sino una constelación de edificios: administración, biblioteca, cafetería, comedor, aulario y cada uno de los departamentos. Como yo yan em conocía el de Matemáticas del coloquio de marzo, y su estructura es sencilla, localicé rápidamente el despacho de Jacques Arthur, pero allí sólo había un ruso. Su compañero de despacho me dijo que Jacques Arthur estaba en París, que todos los lunes iba por la mañana a París, y que volvería sobre las 4 de la tarde. Maldiciendo por haber hecho un viaje en balde, que podría haber aprovechado para familiarizarme con la ciudad, fui a la biblioteca y al comedor universitario.
Como sé cómo se las gastan los gabachos, que van a comer a las 12 y cierran el comedor de Orsay a la 1:30, fui a las 11:50 y encontré que la cola no se había formado. Me estuvieron mareando como una perdiz, diciendo que si podía pagar en metálico, leyendo que no, diciéndome que bajara a comprar el tícket, no queriéndomelos vender abajo... menos mal que apareció una mujer que hablaba inglés habló con la cajera.
La Facutad de Ciencias de Limoges no es un edificio, sino una constelación de edificios: administración, biblioteca, cafetería, comedor, aulario y cada uno de los departamentos. Como yo yan em conocía el de Matemáticas del coloquio de marzo, y su estructura es sencilla, localicé rápidamente el despacho de Jacques Arthur, pero allí sólo había un ruso. Su compañero de despacho me dijo que Jacques Arthur estaba en París, que todos los lunes iba por la mañana a París, y que volvería sobre las 4 de la tarde. Maldiciendo por haber hecho un viaje en balde, que podría haber aprovechado para familiarizarme con la ciudad, fui a la biblioteca y al comedor universitario.
Como sé cómo se las gastan los gabachos, que van a comer a las 12 y cierran el comedor de Orsay a la 1:30, fui a las 11:50 y encontré que la cola no se había formado. Me estuvieron mareando como una perdiz, diciendo que si podía pagar en metálico, leyendo que no, diciéndome que bajara a comprar el tícket, no queriéndomelos vender abajo... menos mal que apareció una mujer que hablaba inglés habló con la cajera.
domingo, 14 de diciembre de 2008
Llegada a Limoges
El tren llegó a su destino en Limoges-Bénédictins a las 10:50, una estación pésimamente señalizada. Tomé un paso subterráneo que no daba salida a la calle donde indicaba, sino acababa en un andamio. Tuve que regresar para tomar las escaletas hasta el cielo y, ahí sí, estaba la famosa cúpula de esta estación. Aquí puede echar en falta el haberme dejado el plano de Limoges en casa. Por suerte, la ciudad de Limoges tiene planos en la vallas publicitarias en lugares estratégicos, con lo que conseguí el mismo efecto que llevando mi propio plano pero sin tener que extenderlo y recogerlo. El inconveniente es que vas más tranquilo con tu propio plano, porque no andas pendiente de tener que encontrar otro, puedes sacar el tuyo.
Si llegas a un cruce en el que una calle no enlaza con la otra, tan perdido estás en un caso como en el otro. Aunque lleves tu propio plano, si vas mal de tiempo, vas a tener que recurrir a preguntar la gente. Por ejemplo, en Barcelona tuve que preguntar a unas putas que estaban desafiando la Ordenanza pero que, sin duda, se conocía muy bien la esquina. Por cierto, en la Rambla todo estab lleno de extranjeros y el único que me supo dar cuenta de la bocacalle que buscaba fue un viejo que bajó a echar la basura, y al que abordé precisamente por ser esto un claro indicativo de que era vecino del barrio.
Voy a tener que ir a la Oficina de Turismo a por un plano como el qiue me dejé en la resi. Lo único que no pude preveer fueron las cuestas. De los Benedictinos hasta Churchill es cuesta arriba. Si lo sé, igual me habría pillado un taxi.
Cuando llegué al hotel, cerca de la medianoche, ya debía creer el tío que no iba a venir nadie. resulta que a medianoche (para loq eu faltaba poco) cierran la recepción y uno tiene que utilizar el portero automático y marcar un código que cambian dos veces por semana. El hotel es, como muchos en Francia, un edificio de viviendas de principios del siglo XX reconvertido. No había ascensor, ni habría cabido, pero después de lo de la estación, ya era poco lo que tenía que cargar. La habitación parecía un salón reconvertido, con una chimenea cegada.
Si llegas a un cruce en el que una calle no enlaza con la otra, tan perdido estás en un caso como en el otro. Aunque lleves tu propio plano, si vas mal de tiempo, vas a tener que recurrir a preguntar la gente. Por ejemplo, en Barcelona tuve que preguntar a unas putas que estaban desafiando la Ordenanza pero que, sin duda, se conocía muy bien la esquina. Por cierto, en la Rambla todo estab lleno de extranjeros y el único que me supo dar cuenta de la bocacalle que buscaba fue un viejo que bajó a echar la basura, y al que abordé precisamente por ser esto un claro indicativo de que era vecino del barrio.
Voy a tener que ir a la Oficina de Turismo a por un plano como el qiue me dejé en la resi. Lo único que no pude preveer fueron las cuestas. De los Benedictinos hasta Churchill es cuesta arriba. Si lo sé, igual me habría pillado un taxi.
Cuando llegué al hotel, cerca de la medianoche, ya debía creer el tío que no iba a venir nadie. resulta que a medianoche (para loq eu faltaba poco) cierran la recepción y uno tiene que utilizar el portero automático y marcar un código que cambian dos veces por semana. El hotel es, como muchos en Francia, un edificio de viviendas de principios del siglo XX reconvertido. No había ascensor, ni habría cabido, pero después de lo de la estación, ya era poco lo que tenía que cargar. La habitación parecía un salón reconvertido, con una chimenea cegada.
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Burdeos y Aquitania
Como tenía más de hora y media de espera en Burdeos hasta tomar el tren de las 20:09 a Limoges, me dediqué a inspeccionarla un poco. Para resuardarme del frío, entré en la ala de espera. Me resultó curioso el silencio que había. Si hubiera habido luz, me habría parecido una biblioteca, pero así parecía un tanatorio. Como sólo anuncian la vía de cada tren con un cuarto de hora de antelación, me quedé allí esperado y merendando a la hora francesa de cenar, por si luego no podía en el tren.
Resulta que los trenes regionales en Francia son verdaderamente regionales en tanto en cuanto están financiados por los gobiernos regionales. Los trenes que tomé eran TER-Aquitaine, y y articulan radialmente Aquitania, cuya capital es Burdeos. Ya dentro del tren, el revisor me dijo, chapurreando inglés, que en Périgueux tenía que cambiar de tren, que el enlace estaba garantizado por la SNFC. Así fue, y pasamos a un tren mucho más pequeño que iba hasta Limoges y que pertenecía a la red TER-Limousine, con centro en Limoges, pero integrado en una sola línea de la SNCF.
Cada vagón de estros trenes era un mundo. Había un vagón de asientos agrupados de 4 en 4. Había otro vagón de asientos con mesa plegable para poner el ordenador. Había vestíbulos entre vagones con asientos abatibles y un toilette de tamaño decente. Este servicio tiene un tamaño para desenvolverse y una puerta automática, tipo servicio público recién estrenado de los que instalan algunas ciudades (como Barcelona, porque los de París dejan mucho que desearn, pero menos da una piedra) en la calle.
Cuando estaba pensando en cenarme la última ración de empanada del Mercadona, el de asiento de enfrente nos ofreció una chocolatina. La rechazamos, pero ya me dio corte ponerme a cenar. Si hubiera sabido gabacho, le habría dicho que yo ya llevaba mi propia cena. Cuando supe que trasbordábamos de tren, pensé en cenar en el otro, pero fui a coincidir (ya es casualidad) con el mismo tío al lado.
El tren hasta Périgueux era enorme y luminoso; en tren hasta Limoges tenía un ambiente más íntimo y nocturno. El tío este bajó en la única parada intermedia hasta Limoges. COmo ya no me podía entretener miranando las estaciones, porque quedaba una hora sin ninguna ya hasta Limoges, me cené lo que quedaba, para no esperar hasta llegar al hotel.
Resulta que los trenes regionales en Francia son verdaderamente regionales en tanto en cuanto están financiados por los gobiernos regionales. Los trenes que tomé eran TER-Aquitaine, y y articulan radialmente Aquitania, cuya capital es Burdeos. Ya dentro del tren, el revisor me dijo, chapurreando inglés, que en Périgueux tenía que cambiar de tren, que el enlace estaba garantizado por la SNFC. Así fue, y pasamos a un tren mucho más pequeño que iba hasta Limoges y que pertenecía a la red TER-Limousine, con centro en Limoges, pero integrado en una sola línea de la SNCF.
Cada vagón de estros trenes era un mundo. Había un vagón de asientos agrupados de 4 en 4. Había otro vagón de asientos con mesa plegable para poner el ordenador. Había vestíbulos entre vagones con asientos abatibles y un toilette de tamaño decente. Este servicio tiene un tamaño para desenvolverse y una puerta automática, tipo servicio público recién estrenado de los que instalan algunas ciudades (como Barcelona, porque los de París dejan mucho que desearn, pero menos da una piedra) en la calle.
Cuando estaba pensando en cenarme la última ración de empanada del Mercadona, el de asiento de enfrente nos ofreció una chocolatina. La rechazamos, pero ya me dio corte ponerme a cenar. Si hubiera sabido gabacho, le habría dicho que yo ya llevaba mi propia cena. Cuando supe que trasbordábamos de tren, pensé en cenar en el otro, pero fui a coincidir (ya es casualidad) con el mismo tío al lado.
El tren hasta Périgueux era enorme y luminoso; en tren hasta Limoges tenía un ambiente más íntimo y nocturno. El tío este bajó en la única parada intermedia hasta Limoges. COmo ya no me podía entretener miranando las estaciones, porque quedaba una hora sin ninguna ya hasta Limoges, me cené lo que quedaba, para no esperar hasta llegar al hotel.
Cena navideña salustiana
El doctor Crespo (descendiente de Salustio por línea directa de varón) organizó el sábado del Madrid-Barça una cena de Navidad para reunirnos los antiguos residentes. Aunque sabía que tenía que viajar, como era materalmente posible, me comprometí a ir a la cena salustiana, a sabiendas de que el sueño me iba pasar factura. Me lo pasé bien, pero pasó lo que siempre acab ocurriendo y es una de la cosas que más me desanima a salir de fiesta: que Morfeo te ire de una manga y los colegas de otra. Y en este caso, que me tenía que despedir de gente que no veo desde hace años, no podía hacer la de Cantautor, que desaparece sin que te des cuenta.
Al final, depués de contarle a todo el mundo que no es que pueda dormir o dejar de dormir en los diversos trenes, sino que no me puedo permitir quedarme dormido y perder el tren. Tenía que haberme marchado con Antonio, porque entre unas cosas y otras, al final no puede marcharme hasta las 2. Todavía tenía que acabar el equipaje. Sólo me olvidé de meter una cosa: el plano de Limoges. ¡Con lo cnfiado que estaba yo de poder contar con un plano de Limoges del coloquio que hubo el fin de semana cuando ZP fue reelegido! No sólo el plano, sino también una idea de la escala de la ciudad (bastante pequeña) también resulta muy útil.
Al final, depués de contarle a todo el mundo que no es que pueda dormir o dejar de dormir en los diversos trenes, sino que no me puedo permitir quedarme dormido y perder el tren. Tenía que haberme marchado con Antonio, porque entre unas cosas y otras, al final no puede marcharme hasta las 2. Todavía tenía que acabar el equipaje. Sólo me olvidé de meter una cosa: el plano de Limoges. ¡Con lo cnfiado que estaba yo de poder contar con un plano de Limoges del coloquio que hubo el fin de semana cuando ZP fue reelegido! No sólo el plano, sino también una idea de la escala de la ciudad (bastante pequeña) también resulta muy útil.
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