Esta tarde subí finalmente al Corcovado. Tampoco encontré autobuses de la línea 584 que buscaba ayer, pero ya me había mirado otras líneas alternativas. Puede tomar la 570, cuyo itinerario al principio de despistó, porque atraviesa un túnel alterando el orden normal de los barrios. Llegué pues, a Cosme Velho, de donde sale el tren al Corcovado. Localizar la estación no tiene pérdida, porque está enfrente de la iglesia del apóstol olvidado. Allí estaba la parroquia de San Judas Tadeo, cuyo título rezaba “Judas apóstol y mártir”.
Yo veía una cola temerosa, pero luego me dijeron que yo no tenía que esperarla, que era un grupo organizado. Ese tal grupo era el 12º congreso de la pastoral familiar. Todos llevaban cruces, rosarios y medallitas del Papa. En el vagón todos los que me acompañaban eran de este grupo, pero me dejaron colarme para entrar en el primer grupo. El tren es electrificado con catenaria, pero tiene una cremallera entre ambos raíles para poder subir las cuestas. La subida es impresionante, y la vista desde arriba también.
El cristo es más pequeño de lo que me esperaba. Está todo hecho de triangulitos pequeñitos; si fueran azulejos lacados, parecería de Gaudí. Tiene marcados el corazón y los agujeros de los clavos. Aparecieron unos animales salvajes que iban a buscar entre la basura algo de comer. Parecían una cosa intermedia entre mapaches y tasugos. Eran muy graciosos y los turistas les echaban de comer.
El tiempo que prometía soleado, se torció según caía la tarde. ¡Malditos autobuses que me impidieron haber ido ayer! Pero aún así, tuve la oportunidad de ver la ciudad desde sin nubes hasta con niebla. Incluso nos atravesaron algunas nubes, lo cual resultó espectacular: el cristo se llevaba a desvanecer por completo para emerger entre la niebla, como cuenta el evangelio que se les apareció a los apóstoles después de resucitado.
El problema era que todo esto vino acompañado de viento, de frío relativo y de algo que parecía lluvia, y yo me había ido de corto por el gran calor que hacía y se preveía. Lo que parecía lluvia creo que era condensación en las hojas de los árboles, porque sólo llovía debajo de ellos. El espectáculo del cristo en la niebla lo vi sentado en el suelo, para cortar el viento, pero luego ya me marché a tomar el tren de vuelta. En la cola sí que pasé frió, hasta que pasamos a la zona de embarque, pero lo pasé menos tiempo que muchos otros.
Abajo en Cosme Velho hacía 22ºC y se podía pasear. Me la volvieron a jugar los autobuses. Me coloqué en la acera donde esperaba encontrar el 569, que es el sentido inverso de aquél con el que había venido. Encontré dos autobuses de las 583 pasando por San Judas Tadeo en sentidos opuestos; yo fui al de mi lado, pues esperaba que fuera el mío, pero era el contrario, porque iba por Botafogo en lugar de por el túnel. Me cambié de acera y esperé a que pasara algún 583. Comencé a bajar la calle y no me topé con ninguno hasta Largo de Machado; lo que sí me encontré fue venir a varios 584, que es con el que quería haber venido ayer. ¡Malditos autobuses de Rio!
Allí en Largo de Machado hay una boca de metro. Con el billete unitario no se puede trasbordar, pero se puede pedir unitario+trasbordo por el mismo precio. Así ya entiendo qué sentido tiene utilizar el Metrô na Superfície, siendo más caro que el ómnibus, es que se puede conseguir un trasbordo gratis. Mi idea era tomar el metro hasta Botafogo y continuar con el trasbordo hasta Jardim Botânico. También podría hacer tomado allí el 409, que me deja en la puerta de casa, pero esta vez sí que me veía con ganas de subir Pacheco Leão, no como el día del eclipse.
Resulta que el tiempo que te dan para trasbordo es de 2h, y trasbordando en la 2ª estación me iba a sobrar por todos los lados, así que decidí aprovechar ese tiempo para cenar en el Kilograma, que está a veinte metros de punto de trasbordo, ya que empezaba a tener hambre y no me apetecía esperar.
Aunque sea más caro que el ómnibus, yo me fío del metro, porque sabes por dónde tiene que pasar. Ya me tengo trazada una excursión que puedo hacer por el sencillo del Metrô: Maracanã y Maracanãzinho. Acepto comentarios de los futboleros, que me digan qué es lo que se podría ver por allí.
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lunes, 8 de septiembre de 2008
domingo, 7 de septiembre de 2008
Subida al Corcovado (primer intento)
Esta tarde iba a ir al Corcovado, porque estaba bien despejado, pero me traicionaron los autobuses. El tren del Corcovado se toma en Cosme Velho y, según la página web, la línea 584 cubre el trayecto Ióquei-Cosme Velho, pero no pasó ninguno. Como no puedo estar parado esperando, me puse a caminar en la dirección correcta y por la acera adecuada para poder ver al autobús. Mi idea era comer en Cosme Velho antes de subir al Corcovado, pero se me hicieron las 4 de la tarde. Comí en Botafogo en un restaurante a quilo (que se llama precisamente Kilograma) donde celebráramos el cumpleaños de Orestes. Desistí de ir al Corcovado, pues ya quedaba pocas horas de luz, y me decidía a ir a Lapa, para verlo de día.
Me perdí, con lo que se frustró también mi plan de ir a ver Lapa a la luz del día. Como yo no llevaba plano, mi idea era entrar por una boca de metro que me pillaba de paso y consultar allí el plano, que es muy extenso y detallado. La primera estación que encontré era la 3ª al sur de donde yo esperaba, por lo que había desandado mucho camino. Volví hacia al norte el equivalente a 4 estaciones hasta llegar a Lapa.
Podría decir que Lapa no es nada del otro mundo, pero mentiría. Lapa parece el mismísimo Hades. De hecho, nada más entrar en Lapa, cruzó por delante de mí un perro negro que frenó en seco para no ser atropellado por un coche. Un símbolo ctónico, según la mitología griega. Huele mal; las calles están llenas de porquería. La gente va a allí a bailar, a beber y, deduzco por los tenderetes, comer algún perrito caliente para llenar el buche. No salí antes de allí porque quería ver los famosos arcos de Lapa. Estos arcos de Lapa parecen un acueducto romano, y de hecho fueron un acueducto en el siglo XVIII. Ahora circula un tranvía por arriba.
Para volver, me volvió a pasar lo mismo, no encontrando la boca de metro que deseaba. Mi plan era ir en metro hasta Botafogo, cenar allí, comprar abarrotes y regresar en el 409, que me deja en la puerta de casa. No encontré el metro, pero sí por dónde pasaba la línea 409, así que cambié de planes y me llegué hasta Jardim Botânico. Podía haber seguido hasta casa, cenando allí y dejando las compras para el domingo, pero me bajé en allí para cenar y comprar. Como no era demasiado tarde, subí caminando, con lo que al final me ahorré R$2,60 y añadí 1,8km a mi paseo. En total fueron, según Google Earth, 19km.
jueves, 21 de agosto de 2008
Botafogo (2)
El miércoles 20 habrá de figurar en el calendario como día nefasto. Escribo estas líneas mucho después (porque ya he aprendido a publicar con fecha retroactiva) para mantener la cronología, y la memoria selectiva ha hecho olvidar los detalles más negros, pero recuerdo que todo me salió mal.
Para empezar, no puede ir al examen de calificación de Ulises porque me coincidía con un curso, aunque me propuse ir a la celebración. Fuimos a Botafogo a las 7 de la tarde (o quizás fue las 8, ya no recuerdo) no sabía yo muy bien a qué. Fuimos a una terraza y pidieron cervezas. Yo suponía que tomaríamos un poco, iríamos a cenar y después pasaríamos a Lapa, pero no fue así. De lo único que nos alimentamos fue de los petiscos, y su cultura no les llega para saber ir de tapas.
Aquí su idea es beber y beber. Dice un refrán se o Flamengo ganhar, a gente bebe para celebrar, se o Flamengo perder, a gente bebe para esquecer. Además, su cerveza es una porquería bien cristiana, y me refiero al sentido de bautizar el vino. Definitivamente, yo en ese plan no vuelo a salir con ellos. Como quien no quiere la cosa, se alargaron hasta las 12 y poco. Fuimos a comer una empanada porque nuestro estómago lo necesitaba. Me recomendaron que tomara un taxi, que me saldría como por R$8, y que el mejor sitio para tomarlo era en el paradero del ómnibus. Me acerqué, pues, a la parada del autobús dispuesto a parar el primer taxi libre que viera.
Pasaron varios taxis ocupados, pero la Fortuna me vino a tender su mano en este día aciago, pues ya habían era técnicamente jueves 21. No llevaba ni un minuto esperando cuando apareció en 409, lo paré y me subí. Ya estaba en puerto seguro. Al llegar a casa, evidentemente, lo primero que hice fue hacerme un perrito caliente.
En este plan no vuelo a salir, que ya les veo de qué van y qué hacen antes de ir a Lapa a las 12, y no es cenar precisamente. El viernes celebran las inauguración de las nuevas salas, pero no me apetece nada ir, porque empiezan a las 7 y van en plan de ir a beber a saco. Igual me paso, por compromiso y para volverme pronto, porque es en el IMPA. Desde el IMPA sé que puedo volver a casa sin problema.
Para empezar, no puede ir al examen de calificación de Ulises porque me coincidía con un curso, aunque me propuse ir a la celebración. Fuimos a Botafogo a las 7 de la tarde (o quizás fue las 8, ya no recuerdo) no sabía yo muy bien a qué. Fuimos a una terraza y pidieron cervezas. Yo suponía que tomaríamos un poco, iríamos a cenar y después pasaríamos a Lapa, pero no fue así. De lo único que nos alimentamos fue de los petiscos, y su cultura no les llega para saber ir de tapas.
Aquí su idea es beber y beber. Dice un refrán se o Flamengo ganhar, a gente bebe para celebrar, se o Flamengo perder, a gente bebe para esquecer. Además, su cerveza es una porquería bien cristiana, y me refiero al sentido de bautizar el vino. Definitivamente, yo en ese plan no vuelo a salir con ellos. Como quien no quiere la cosa, se alargaron hasta las 12 y poco. Fuimos a comer una empanada porque nuestro estómago lo necesitaba. Me recomendaron que tomara un taxi, que me saldría como por R$8, y que el mejor sitio para tomarlo era en el paradero del ómnibus. Me acerqué, pues, a la parada del autobús dispuesto a parar el primer taxi libre que viera.
Pasaron varios taxis ocupados, pero la Fortuna me vino a tender su mano en este día aciago, pues ya habían era técnicamente jueves 21. No llevaba ni un minuto esperando cuando apareció en 409, lo paré y me subí. Ya estaba en puerto seguro. Al llegar a casa, evidentemente, lo primero que hice fue hacerme un perrito caliente.
En este plan no vuelo a salir, que ya les veo de qué van y qué hacen antes de ir a Lapa a las 12, y no es cenar precisamente. El viernes celebran las inauguración de las nuevas salas, pero no me apetece nada ir, porque empiezan a las 7 y van en plan de ir a beber a saco. Igual me paso, por compromiso y para volverme pronto, porque es en el IMPA. Desde el IMPA sé que puedo volver a casa sin problema.
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lunes, 18 de agosto de 2008
Las playas de Rio (2)
El domingo 17, por consejo de doña Celia, fui a la playa de Recreio, en la zona de Barra. No me advirtió de que se tarda 2 horas en ir, sólo que es el final de línea, lo que siempre hace más fácil tomarlo de vuelta. Salí a las 11 y llegué a la 1. Como ya era hora de almorzar, comí en el mismo Recreio antes de bajar a la playa. Sabiendo el tiempo e que disponía antes de la puesta de sol, paseé y me bañé, pero sin dejar mis cosas en la arena, porque no me fiaba.
Pasaba gente vendiendo cerveza, gaseosas, e incluso pizzas. Había otro que recogían latas, pero no para limpiar la playa, sino para venderlas a peso para reciclaje. Cuando cayó el sol y antes de que oscureciera, fui para la parada del ómnibus. Marché a las 6, llegando a las 8.
El paseo fue bueno, pero a esta playa no vuelvo. A la playa de Barra igual sí, que está a medio camino.
Pasaba gente vendiendo cerveza, gaseosas, e incluso pizzas. Había otro que recogían latas, pero no para limpiar la playa, sino para venderlas a peso para reciclaje. Cuando cayó el sol y antes de que oscureciera, fui para la parada del ómnibus. Marché a las 6, llegando a las 8.
El paseo fue bueno, pero a esta playa no vuelvo. A la playa de Barra igual sí, que está a medio camino.
domingo, 17 de agosto de 2008
La playas de Rio (1)
El título de esta entrada lleva una clara alusión a Smale, matemático que escribía en sus libros cosas como "este teorema lo demostré en la maravillosa playa de Copacabana".
El sábado, ya que había salido un fin de semana soleado, quería ir a laplaya. Entre pitos y flautas llegué a la playa después del ocaso, pero también mereció la pena. Quería ir a la playa de Leblón, que es la más cercana, pero el pésimo trazado urbano me desvió hasta Ipanema. El barrio está lleno de conventarros, parcelas gigantes como el Jardín Botánico, el Hipódromo o estadios de fútbol. No sólo la temperatura de Rio permite meter los pies al agua por la noche con la seguridad de que van a estar secos al llegar al paseo marítimo, sino que las playas más turísticas (como Copacabana e Ipanema) están iluminadas con potentes focos y con bastante de gente haciendo el mismo paseo que yo.
Caminé en dirección a Copacabana, teniendo en frente un disco lunar enorme que se estaba eclipsando. Un eclipse de luna es un fenómeno que se puede observar incluso desde la ciudad más contaminada limínicamente; basta que esté despejado el cielo y no haya edificios por la región celeste a observar. Pasé a Copacaba y continué hasta que el eclipse finalizó y mis pies se cansaron. El cabo que separa Ipanema de Copacabana está ocupado por el parque Garota de Ipanema, que toma su nombre de una famosa canción, y el Fuerte de Copacabana.
Como no tenía ganas de caminar, intenté tomar el ómnibus, pero no sabía por qué calle circularía el mío, con qué frecuencia, ni dónde pararía.
Explorando el interior de Copacabana, quiso la Fortuna que llegara a una boca de metro, de manera que pude conocer otra distinta. Las estaciones de metro cuentan con un amplio vestíbulo con billetería y plano de la red. Consuté el plano y vi que lo mejor era tomar el metro hasta Botafogo, que ya conocía, y ahí tomar el 409 hasta casa. Me parecía una exageración pagar R$2,60 por sólo dos paradas, pero hacer el recorrido en superficie cuadruplica la longitud, debido a la orografía. También resultaba paradójico que me estaba alejando de mi casa, pero por el metro de Botafogo pasa el 409, que tiene buena frecuencia (a esas horas) y me deja en la puerta de casa. Si hubiera tomado cualquier otra línea (salvo la 125) habría tenido que subir Pacheco Leão a pie o enlazar con la 409. El problema de la 125 es que tiene muy poca frecuencia y no sé por qué parte de Copacabana pasa. Al final hice un trayecto óptimo.
Es curioso cómo están señalizadas las direcciones de una línea; no por la estación terminal, sino por los puntos cardinales. El metro está bien, a diferencia de todo lo demás en Rio. Seguramente es nuevo y no ha dado tiempo a estropearse y que lo dejen sin arreglar. No tenía catenaría, así que me fijé en qué podía suplirla. Una opción sería utilizar cada raíl por separado, pero eso generaría problemas de no poder utilizar el tren entero como masa. Creo que la catenaria, no en el sentido literal sino de potencial eléctrico, va entre los raíles. En las líneas nuevas de Madrid, la catenaria es una tira metálica fijada en el techo o colgando, en las estaciones, colgando como verdadera catenaria. Pues lo de Rio parecía lo mismo pero en el suelo. Por eso ponía un aviso: en caso de accidente no camine sobre las vía salvo que un agente se lo indique, podrían estar electrificadas.
El sábado, ya que había salido un fin de semana soleado, quería ir a laplaya. Entre pitos y flautas llegué a la playa después del ocaso, pero también mereció la pena. Quería ir a la playa de Leblón, que es la más cercana, pero el pésimo trazado urbano me desvió hasta Ipanema. El barrio está lleno de conventarros, parcelas gigantes como el Jardín Botánico, el Hipódromo o estadios de fútbol. No sólo la temperatura de Rio permite meter los pies al agua por la noche con la seguridad de que van a estar secos al llegar al paseo marítimo, sino que las playas más turísticas (como Copacabana e Ipanema) están iluminadas con potentes focos y con bastante de gente haciendo el mismo paseo que yo.
Caminé en dirección a Copacabana, teniendo en frente un disco lunar enorme que se estaba eclipsando. Un eclipse de luna es un fenómeno que se puede observar incluso desde la ciudad más contaminada limínicamente; basta que esté despejado el cielo y no haya edificios por la región celeste a observar. Pasé a Copacaba y continué hasta que el eclipse finalizó y mis pies se cansaron. El cabo que separa Ipanema de Copacabana está ocupado por el parque Garota de Ipanema, que toma su nombre de una famosa canción, y el Fuerte de Copacabana.
Como no tenía ganas de caminar, intenté tomar el ómnibus, pero no sabía por qué calle circularía el mío, con qué frecuencia, ni dónde pararía.
Explorando el interior de Copacabana, quiso la Fortuna que llegara a una boca de metro, de manera que pude conocer otra distinta. Las estaciones de metro cuentan con un amplio vestíbulo con billetería y plano de la red. Consuté el plano y vi que lo mejor era tomar el metro hasta Botafogo, que ya conocía, y ahí tomar el 409 hasta casa. Me parecía una exageración pagar R$2,60 por sólo dos paradas, pero hacer el recorrido en superficie cuadruplica la longitud, debido a la orografía. También resultaba paradójico que me estaba alejando de mi casa, pero por el metro de Botafogo pasa el 409, que tiene buena frecuencia (a esas horas) y me deja en la puerta de casa. Si hubiera tomado cualquier otra línea (salvo la 125) habría tenido que subir Pacheco Leão a pie o enlazar con la 409. El problema de la 125 es que tiene muy poca frecuencia y no sé por qué parte de Copacabana pasa. Al final hice un trayecto óptimo.
Es curioso cómo están señalizadas las direcciones de una línea; no por la estación terminal, sino por los puntos cardinales. El metro está bien, a diferencia de todo lo demás en Rio. Seguramente es nuevo y no ha dado tiempo a estropearse y que lo dejen sin arreglar. No tenía catenaría, así que me fijé en qué podía suplirla. Una opción sería utilizar cada raíl por separado, pero eso generaría problemas de no poder utilizar el tren entero como masa. Creo que la catenaria, no en el sentido literal sino de potencial eléctrico, va entre los raíles. En las líneas nuevas de Madrid, la catenaria es una tira metálica fijada en el techo o colgando, en las estaciones, colgando como verdadera catenaria. Pues lo de Rio parecía lo mismo pero en el suelo. Por eso ponía un aviso: en caso de accidente no camine sobre las vía salvo que un agente se lo indique, podrían estar electrificadas.
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Botafogo (1)
El viernes 15, Orestes, el novio de Liliana, me invitó a su cumpleaños, que iba a celebrar, junto con otras dos celebraciones más, cenando en un rodízio de pizzas en Botafogo. Para ir a Botafogo es sencillo, pues se puede llegar con la línea 409 de ómnibus, que sale desde la parada terminal de Horto, entre el IMPA y mi casa. Conocí en el ómnibus a un alumno muy peculiar del IMPA, del que ya hablaré cuando comente su sistema educativo, quien me indicó dónde estaba mi parada: el metro de Botafogo. Ya que estaba allí, husmeé un poco por la estación de metro de Botafogo y me pareció decente. Es un metro de verdad, no un autobús gestionado por Metrô, la compañía del metro.
En el rodízzio de pizzas servían tanto pizzas saladas, con queso, como pizzas dulces, con chocolate. Era una reunión de hispanohablantes del IMPA, aunque no estaban todos. Al terminar pensaban ir a Lapa. Yo había quedado con Maycol para ir a Lapa, porque estaba muy pesado en que fuera a Lapa, pero Maycol no vino al cumpleaños, así que pensé en ir con ellos. Luego cambiaron de idea y decidieron ir a Santa Teresa, que está más cerca. Al final fuimos a una terraza sin movernos de la cuadra. Por esa calle pasa en 409 de vuelta, lo cual es una ventaja.
No sé de qué va la gente de esta ciudad, ya escribiré más sobre el tema, porque salen muy tarde y los transportes públicos se terminan muy pronto. Teniendo en cuenta que van con horario solar, salir entre las 11 y las 12 es como salir entre la 1 y las 2 en términos españoles. Según me dice Maycol, es la hora a la que se sale; la hora de volver no sé cuándo será.
Parece ser que, espués de medianoche, el 409 sólo pasa una vez cada hora. Ulises, que también vive cerca del IMPA, me dijo que habíamos perdido el que pasa entre las 12 y la 1. Me esba dando el sueño y yo pensaba que no iba a aguantar una hora hasta el siguiente, pero estuve hablando con la portuguesa y su novio se me hizo corto. Al cumplirse 50 minutos del paso de la línea, salimos a esperar al ómnibus, para que no se nos escapara esta vez.
Cuando llegué a casa pensaba ir derecho a la cama, pero conocí a Mauricio, que estaba tomando leche con cereales antes de acostarse. Como quien no quiere la cosa, estuvimos hablando de complejidad computacional hasta las 3 y media, y porque teníamos sueño. Por cierto, creo que la gente se pasa de juerga toda la noche, saliendo con el último ómnibus de la línea regular y regresando con el primero de la mañana siguiente. En la caja de cereales ponía "después de toda la noche bailando necesitas un desayuno bla-bla-bla".
En el rodízzio de pizzas servían tanto pizzas saladas, con queso, como pizzas dulces, con chocolate. Era una reunión de hispanohablantes del IMPA, aunque no estaban todos. Al terminar pensaban ir a Lapa. Yo había quedado con Maycol para ir a Lapa, porque estaba muy pesado en que fuera a Lapa, pero Maycol no vino al cumpleaños, así que pensé en ir con ellos. Luego cambiaron de idea y decidieron ir a Santa Teresa, que está más cerca. Al final fuimos a una terraza sin movernos de la cuadra. Por esa calle pasa en 409 de vuelta, lo cual es una ventaja.
No sé de qué va la gente de esta ciudad, ya escribiré más sobre el tema, porque salen muy tarde y los transportes públicos se terminan muy pronto. Teniendo en cuenta que van con horario solar, salir entre las 11 y las 12 es como salir entre la 1 y las 2 en términos españoles. Según me dice Maycol, es la hora a la que se sale; la hora de volver no sé cuándo será.
Parece ser que, espués de medianoche, el 409 sólo pasa una vez cada hora. Ulises, que también vive cerca del IMPA, me dijo que habíamos perdido el que pasa entre las 12 y la 1. Me esba dando el sueño y yo pensaba que no iba a aguantar una hora hasta el siguiente, pero estuve hablando con la portuguesa y su novio se me hizo corto. Al cumplirse 50 minutos del paso de la línea, salimos a esperar al ómnibus, para que no se nos escapara esta vez.
Cuando llegué a casa pensaba ir derecho a la cama, pero conocí a Mauricio, que estaba tomando leche con cereales antes de acostarse. Como quien no quiere la cosa, estuvimos hablando de complejidad computacional hasta las 3 y media, y porque teníamos sueño. Por cierto, creo que la gente se pasa de juerga toda la noche, saliendo con el último ómnibus de la línea regular y regresando con el primero de la mañana siguiente. En la caja de cereales ponía "después de toda la noche bailando necesitas un desayuno bla-bla-bla".
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