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lunes, 8 de septiembre de 2008

Subida al Corcovado (segundo intento)

Esta tarde subí finalmente al Corcovado. Tampoco encontré autobuses de la línea 584 que buscaba ayer, pero ya me había mirado otras líneas alternativas. Puede tomar la 570, cuyo itinerario al principio de despistó, porque atraviesa un túnel alterando el orden normal de los barrios. Llegué pues, a Cosme Velho, de donde sale el tren al Corcovado. Localizar la estación no tiene pérdida, porque está enfrente de la iglesia del apóstol olvidado. Allí estaba la parroquia de San Judas Tadeo, cuyo título rezaba “Judas apóstol y mártir”.
Yo veía una cola temerosa, pero luego me dijeron que yo no tenía que esperarla, que era un grupo organizado. Ese tal grupo era el 12º congreso de la pastoral familiar. Todos llevaban cruces, rosarios y medallitas del Papa. En el vagón todos los que me acompañaban eran de este grupo, pero me dejaron colarme para entrar en el primer grupo. El tren es electrificado con catenaria, pero tiene una cremallera entre ambos raíles para poder subir las cuestas. La subida es impresionante, y la vista desde arriba también.
El cristo es más pequeño de lo que me esperaba. Está todo hecho de triangulitos pequeñitos; si fueran azulejos lacados, parecería de Gaudí. Tiene marcados el corazón y los agujeros de los clavos. Aparecieron unos animales salvajes que iban a buscar entre la basura algo de comer. Parecían una cosa intermedia entre mapaches y tasugos. Eran muy graciosos y los turistas les echaban de comer.
El tiempo que prometía soleado, se torció según caía la tarde. ¡Malditos autobuses que me impidieron haber ido ayer! Pero aún así, tuve la oportunidad de ver la ciudad desde sin nubes hasta con niebla. Incluso nos atravesaron algunas nubes, lo cual resultó espectacular: el cristo se llevaba a desvanecer por completo para emerger entre la niebla, como cuenta el evangelio que se les apareció a los apóstoles después de resucitado.
El problema era que todo esto vino acompañado de viento, de frío relativo y de algo que parecía lluvia, y yo me había ido de corto por el gran calor que hacía y se preveía. Lo que parecía lluvia creo que era condensación en las hojas de los árboles, porque sólo llovía debajo de ellos. El espectáculo del cristo en la niebla lo vi sentado en el suelo, para cortar el viento, pero luego ya me marché a tomar el tren de vuelta. En la cola sí que pasé frió, hasta que pasamos a la zona de embarque, pero lo pasé menos tiempo que muchos otros.
Abajo en Cosme Velho hacía 22ºC y se podía pasear. Me la volvieron a jugar los autobuses. Me coloqué en la acera donde esperaba encontrar el 569, que es el sentido inverso de aquél con el que había venido. Encontré dos autobuses de las 583 pasando por San Judas Tadeo en sentidos opuestos; yo fui al de mi lado, pues esperaba que fuera el mío, pero era el contrario, porque iba por Botafogo en lugar de por el túnel. Me cambié de acera y esperé a que pasara algún 583. Comencé a bajar la calle y no me topé con ninguno hasta Largo de Machado; lo que sí me encontré fue venir a varios 584, que es con el que quería haber venido ayer. ¡Malditos autobuses de Rio!
Allí en Largo de Machado hay una boca de metro. Con el billete unitario no se puede trasbordar, pero se puede pedir unitario+trasbordo por el mismo precio. Así ya entiendo qué sentido tiene utilizar el Metrô na Superfície, siendo más caro que el ómnibus, es que se puede conseguir un trasbordo gratis. Mi idea era tomar el metro hasta Botafogo y continuar con el trasbordo hasta Jardim Botânico. También podría hacer tomado allí el 409, que me deja en la puerta de casa, pero esta vez sí que me veía con ganas de subir Pacheco Leão, no como el día del eclipse.
Resulta que el tiempo que te dan para trasbordo es de 2h, y trasbordando en la 2ª estación me iba a sobrar por todos los lados, así que decidí aprovechar ese tiempo para cenar en el Kilograma, que está a veinte metros de punto de trasbordo, ya que empezaba a tener hambre y no me apetecía esperar.
Aunque sea más caro que el ómnibus, yo me fío del metro, porque sabes por dónde tiene que pasar. Ya me tengo trazada una excursión que puedo hacer por el sencillo del Metrô: Maracanã y Maracanãzinho. Acepto comentarios de los futboleros, que me digan qué es lo que se podría ver por allí.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Subida al Corcovado (primer intento)


Esta tarde iba a ir al Corcovado, porque estaba bien despejado, pero me traicionaron los autobuses. El tren del Corcovado se toma en Cosme Velho y, según la página web, la línea 584 cubre el trayecto Ióquei-Cosme Velho, pero no pasó ninguno. Como no puedo estar parado esperando, me puse a caminar en la dirección correcta y por la acera adecuada para poder ver al autobús. Mi idea era comer en Cosme Velho antes de subir al Corcovado, pero se me hicieron las 4 de la tarde. Comí en Botafogo en un restaurante a quilo (que se llama precisamente Kilograma) donde celebráramos el cumpleaños de Orestes. Desistí de ir al Corcovado, pues ya quedaba pocas horas de luz, y me decidía a ir a Lapa, para verlo de día.
Me perdí, con lo que se frustró también mi plan de ir a ver Lapa a la luz del día. Como yo no llevaba plano, mi idea era entrar por una boca de metro que me pillaba de paso y consultar allí el plano, que es muy extenso y detallado. La primera estación que encontré era la 3ª al sur de donde yo esperaba, por lo que había desandado mucho camino. Volví hacia al norte el equivalente a 4 estaciones hasta llegar a Lapa.
Podría decir que Lapa no es nada del otro mundo, pero mentiría. Lapa parece el mismísimo Hades. De hecho, nada más entrar en Lapa, cruzó por delante de mí un perro negro que frenó en seco para no ser atropellado por un coche. Un símbolo ctónico, según la mitología griega. Huele mal; las calles están llenas de porquería. La gente va a allí a bailar, a beber y, deduzco por los tenderetes, comer algún perrito caliente para llenar el buche. No salí antes de allí porque quería ver los famosos arcos de Lapa. Estos arcos de Lapa parecen un acueducto romano, y de hecho fueron un acueducto en el siglo XVIII. Ahora circula un tranvía por arriba.
Para volver, me volvió a pasar lo mismo, no encontrando la boca de metro que deseaba. Mi plan era ir en metro hasta Botafogo, cenar allí, comprar abarrotes y regresar en el 409, que me deja en la puerta de casa. No encontré el metro, pero sí por dónde pasaba la línea 409, así que cambié de planes y me llegué hasta Jardim Botânico. Podía haber seguido hasta casa, cenando allí y dejando las compras para el domingo, pero me bajé en allí para cenar y comprar. Como no era demasiado tarde, subí caminando, con lo que al final me ahorré R$2,60 y añadí 1,8km a mi paseo. En total fueron, según Google Earth, 19km.

lunes, 25 de agosto de 2008

Botafogo (3)

Este domingo, como al final hizo bueno, fui a Botafogo. Tomé como referencia la parada de la vez anterior, frente al Botafogo Praia Shopping. Llegué a la hora de almorzar, así que lo primero que hice fue entrar a un restaurante a quilo. Jorge se preguntaba por qué la gente, en los restaurantes a quilo, se servía paletadas inmensas de arroz, que es lo más barato, ya que todo te lo pesan junto. Allí te anuncian un precio oficial, pero sólo es válido para lo que ellos consideran una comida razonable: mitad plato de fondo, mitad acompañamiento. Si no lo tomas así, que aplican otro precio superior que está escrito antes de la báscula, pero no en el exterior. Tampoco es tan caro el precio de sólo plato de fondo, así que es lo que me serví y lo que pagué.
Después de comer, me decidí a pasear por la playa de Botafogo, que no es nada del otro mundo. Dicen que a la gente no le gusta porque está sucia a causa del puerto. Paseé por toda la ensenada de Botafogo, hasta el final de la paya de Flamengo, teniendo como paisaje de fondo el Pan de Azúcar. Nótese que el Botafogo y el Flamengo son dos equipos de fútbol rivales.
Se veía al fondo el aeropuerto Santos Dumont. Es un aeropuerto pequeñísimo, con una pista tan corta que a los pilotos se exige un mínimo bastante grande de horas de vuelo. Casi todos los vuelos se han llevado al Galeão, pero el puente aéreo con São Paulo se hace ahí, porque está adyacente al centro financiero.
Santos Dumont fue un francobrasileño pionero de la aviación. En la placa conmemorativa que tiene en su plaza epónima, asegura que fue el primer hombre en volar con una máquina autopropulsada más pesada que el aire. Empezó trabajando con globos en París, de ahí se pasó a dirigibles y continuó. Acabó sus días en São Paulo viendo como los hermanos Wright se habían llevado el reconocimiento que él merecía, enfermo y triste al ver como se hacía uso bélico de sus inventos. Se suicidó y fue entonces cuando los brasileños supieron apreciar lo que tenían.
A la vuelta, tenía vista del Corcovado, pero estaba nublado y el Cristo Redentor se veía de tanto en tanto. Como tenía sed, probé el coco gelado, que se vendía a R$2 en los chiringuitos. Tienen una nevera llena de agua fría y cocos, cocos verdes y llenos de líquido. Cuando tú pides un coco, el tío saca uno de la nevera y, con un machete, le pega cuatro tajos. Un tajo en la base, para poderlo apoyar o agarrar mejor. Tres tajos arriba, para abrir un triangulito por donde meter la pajita. Por cierto, que en Hispanoamérica no dicen pajita, porque entienden lo que nosotros pajilla; dicen sorbete o pitillo, según el país.
Entre la última calle y la playa hay una vía expresa, pero estaba cerrada por ser domingo, por lo que la gente la utilizaba para pasear. Cuando se puso el sol, entré al Shopping de Botafogo y estuve husmeando un poco, y compré en el supermercado Lojas Americanas, para no tener que bajar a comprar a Jardim Botânico.

jueves, 21 de agosto de 2008

Botafogo (2)

El miércoles 20 habrá de figurar en el calendario como día nefasto. Escribo estas líneas mucho después (porque ya he aprendido a publicar con fecha retroactiva) para mantener la cronología, y la memoria selectiva ha hecho olvidar los detalles más negros, pero recuerdo que todo me salió mal.
Para empezar, no puede ir al examen de calificación de Ulises porque me coincidía con un curso, aunque me propuse ir a la celebración. Fuimos a Botafogo a las 7 de la tarde (o quizás fue las 8, ya no recuerdo) no sabía yo muy bien a qué. Fuimos a una terraza y pidieron cervezas. Yo suponía que tomaríamos un poco, iríamos a cenar y después pasaríamos a Lapa, pero no fue así. De lo único que nos alimentamos fue de los petiscos, y su cultura no les llega para saber ir de tapas.
Aquí su idea es beber y beber. Dice un refrán se o Flamengo ganhar, a gente bebe para celebrar, se o Flamengo perder, a gente bebe para esquecer. Además, su cerveza es una porquería bien cristiana, y me refiero al sentido de bautizar el vino. Definitivamente, yo en ese plan no vuelo a salir con ellos. Como quien no quiere la cosa, se alargaron hasta las 12 y poco. Fuimos a comer una empanada porque nuestro estómago lo necesitaba. Me recomendaron que tomara un taxi, que me saldría como por R$8, y que el mejor sitio para tomarlo era en el paradero del ómnibus. Me acerqué, pues, a la parada del autobús dispuesto a parar el primer taxi libre que viera.
Pasaron varios taxis ocupados, pero la Fortuna me vino a tender su mano en este día aciago, pues ya habían era técnicamente jueves 21. No llevaba ni un minuto esperando cuando apareció en 409, lo paré y me subí. Ya estaba en puerto seguro. Al llegar a casa, evidentemente, lo primero que hice fue hacerme un perrito caliente.
En este plan no vuelo a salir, que ya les veo de qué van y qué hacen antes de ir a Lapa a las 12, y no es cenar precisamente. El viernes celebran las inauguración de las nuevas salas, pero no me apetece nada ir, porque empiezan a las 7 y van en plan de ir a beber a saco. Igual me paso, por compromiso y para volverme pronto, porque es en el IMPA. Desde el IMPA sé que puedo volver a casa sin problema.

domingo, 17 de agosto de 2008

Botafogo (1)

El viernes 15, Orestes, el novio de Liliana, me invitó a su cumpleaños, que iba a celebrar, junto con otras dos celebraciones más, cenando en un rodízio de pizzas en Botafogo. Para ir a Botafogo es sencillo, pues se puede llegar con la línea 409 de ómnibus, que sale desde la parada terminal de Horto, entre el IMPA y mi casa. Conocí en el ómnibus a un alumno muy peculiar del IMPA, del que ya hablaré cuando comente su sistema educativo, quien me indicó dónde estaba mi parada: el metro de Botafogo. Ya que estaba allí, husmeé un poco por la estación de metro de Botafogo y me pareció decente. Es un metro de verdad, no un autobús gestionado por Metrô, la compañía del metro.
En el rodízzio de pizzas servían tanto pizzas saladas, con queso, como pizzas dulces, con chocolate. Era una reunión de hispanohablantes del IMPA, aunque no estaban todos. Al terminar pensaban ir a Lapa. Yo había quedado con Maycol para ir a Lapa, porque estaba muy pesado en que fuera a Lapa, pero Maycol no vino al cumpleaños, así que pensé en ir con ellos. Luego cambiaron de idea y decidieron ir a Santa Teresa, que está más cerca. Al final fuimos a una terraza sin movernos de la cuadra. Por esa calle pasa en 409 de vuelta, lo cual es una ventaja.
No sé de qué va la gente de esta ciudad, ya escribiré más sobre el tema, porque salen muy tarde y los transportes públicos se terminan muy pronto. Teniendo en cuenta que van con horario solar, salir entre las 11 y las 12 es como salir entre la 1 y las 2 en términos españoles. Según me dice Maycol, es la hora a la que se sale; la hora de volver no sé cuándo será.
Parece ser que, espués de medianoche, el 409 sólo pasa una vez cada hora. Ulises, que también vive cerca del IMPA, me dijo que habíamos perdido el que pasa entre las 12 y la 1. Me esba dando el sueño y yo pensaba que no iba a aguantar una hora hasta el siguiente, pero estuve hablando con la portuguesa y su novio se me hizo corto. Al cumplirse 50 minutos del paso de la línea, salimos a esperar al ómnibus, para que no se nos escapara esta vez.
Cuando llegué a casa pensaba ir derecho a la cama, pero conocí a Mauricio, que estaba tomando leche con cereales antes de acostarse. Como quien no quiere la cosa, estuvimos hablando de complejidad computacional hasta las 3 y media, y porque teníamos sueño. Por cierto, creo que la gente se pasa de juerga toda la noche, saliendo con el último ómnibus de la línea regular y regresando con el primero de la mañana siguiente. En la caja de cereales ponía "después de toda la noche bailando necesitas un desayuno bla-bla-bla".